
empujón a la Revolución Verde, aumentando la producción de
alimentos y ayudando a combatir la pobreza. La piedra angular de la problemática
es, sin duda, la precipitación con que se comercializan los productos manipulados
genéticamente y con la que se patentan los genes. Precipitación
porque, como discutiremos, no hay ningún tipo de garantía de la
inocuidad de los nuevos productos y si, por contra, suficientes pruebas que demuestran
los riesgos - para la salud, la agricultura, la biodiversidad y la economía-.
Esto, por si solo, tendría que ser suficiente para poner una moratoria
sobre las nuevas tecnologías y abrir un debate serio, profundo y general
antes de que se haga ningún uso, en el cual también tendrían
que estar recogidas las cuestiones éticas. El hecho que no exista este
debate se debe a las multinacionales y a las políticas más interesadas
que, con un secretismo hermético, están avanzando rápidamente
en este campo, que les proporciona ganancias económicas y control sobre
el mercado a muy corto plazo. Y, posiblemente, proporcionará pobreza y
daños a los países pobres y al público desinformado en un
plazo igualmente corto. El sentido común nos obliga a hacer una llamada
al principio de precaución, sabio en su formulación: ante el riesgo,
prudencia. I sobretodo, búsqueda de alternativas.
La ausencia de un efecto negativo inmediato no asegura que no habrá nunca ningún otro efecto. (Tiedje et al., 1989).
Además de los potenciales alergénicos, aparecen otros problemas,
entre los cuales figura la posibilidad de que las plantas manipuladas para ser
más resistentes a los herbicidas acaben
metabolizando estos productos tóxicos destinados a matar a las malas
hierbas. Los tóxicos metabolizados dan lugar a productos nocivos para
los consumidores de plantas, como es el caso del herbicida Roundup, al cual
es resistente una soja producida por la multinacional agroquímica Montsanto.
Este herbicida contiene glifosato, los residuos del cual se acumulan en las
plantas, y otros surfactantes contaminantes. Los metabólitos de estos
productos que permanecen en las plantas, como el formaldehído, pueden
ser neurotóxicos y cancerígenos (Aguilar, 1997).
La degradación incompleta de sustancias químicas conlleva a veces
la síntesis de productos aún más tóxicos para el
medio (Tiedje et al., 1989).
Por otro lado, también pueden aparecer problemas para la salud en el uso de vectores que se utilizan para manipular genes. Estos vectores suelen ser virus y retrovirus, algunos de ellos inductores de cáncer y otras enfermedades. Si bien se asegura que el ADN de estos virus está inutilizado, también es cierto que pueden reactivarse mediante fenómenos génicos como la mutación, la transposición o la recombinación (Green & Allison, 1994).
En el campo de la genética, los genes no actuan de forma individual. Por tanto, componentes individuales en principio benignos bien pueden tener efectos sinérgicos nocivos. La investigación científica en este campo es incompleta en el mejor de los casos, ya que, en general, los efectos a medio y largo plazo de los alimentos manipulados genéticamente son imposible de predecir.
adquirirlos con cierta facilidad de las plantas. El año 1994 se
plantó mostaza, colza y manzanas, con genes de resistencia a antibióticos,
junto con el hongo Aspergillus niger, y los análisis posteriores
demostraron que el hongo era también resistente al antibiótico
(Hoffman et al., 1994). Es pues evidente el riesgo
para la salud y la agricultura que la mobilidad de ADN comporta. Más
de 650 especies de insectos, hongos y malas hierbas son ahora resistentes
a diversos productos fitosanitarios, debido a la presencia constante en
el medio de los pesticidas y a la adquisición de genes por diversos
procesos génicos naturales (Georghiou &
Lagunes-tejada, 1991). Esto implica que la agricultura tradicional
y biológica podría desaparecer con la implantación
de los cultivos transgénicos, además de representar un grave
peligro para la biodiversidad en los suelos: la combinación de genes
nuevos y el acúmulo de productos empobrecen a los ecosistemas de
cultivo. Como ejemplo, podemos citar el caso de Pseudomonas putida,
modificada para poder degradar un herbicida, pero que genera durante el
proceso sustancias altamente tóxicas para los microorganismos del
suelo, imprescindibles para el equilibrio ecológico (Aguilar,
1997).
Los animales tratados con productos obtenidos por manipulación génica también arrastran graves problemas de salud como consecuencia de los nuevos genes que se les implantan. Es conocido el ejemplo de la hormona del crecimiento bovino (rBGH), propiedad de la multinacional Monsanto, que se inyecta a los animales para que produzcan más leche. Lo que provoca a las vacas es mastitis, fiebres, hemorragias internas, anorexia, infertilidad y, incluso, la muerte. La leche que producen puede tener restos de pus y de sangre, y tendría que ser, lógicamente, invendible (Ruiz, 1997).
algunas, a plagas. Ésto se convierte en un defecto cuando salen de los
cultivos y se esparcen por zonas vecinas, cosa, por otro lado, inevitable. Una
planta más resistente sustituye al fin a las plantas autóctonas
de la zona, al competir por los nutrientes y el espacio con más eficacia.
Cuando, además, se da la hibridación entre plantas transgénicas
y plantas silvestres, aparece lo que se denomina como contaminación genética.
En el caso de la colza, se ha encontrado el transgen de laboratorio a més
de 2,5 kilómetros del cultivo original (Timmons et al.,
1994). Lo mismo sucede con los vectores que transportan los genes de resistencia,
que pueden llevarlos a hongos, insectos, patógenos y otras plantas que
no son su destino final original. Por otro lado, hay el peligro del traspaso de
genes manipulados que dan resistencia a los herbicidas a malas hierbas, convirtiéndose
en hierbas hiper-resistentes que causarían graves daños a los cultivos
(Aguilar, 1997).
La resistencia a los herbicidas por parte de los cultivos transgénicos hace que se abuse del uso de estas sustancias, esperando obtener cultivos mejores. Ahora bién, el herbicida glifosato, por ejemplo, agente activo del ya citado Roundup, es tan eficaz que ya ha colocado en los EEUU 74 especies de plantas en peligro de extinción (Aguilar, 1997); afecta también algunas funciones fisiológiquas en anfibios y gusanos de tierra, peces y también en microorganismos (Springet & Gray, 1992). También tiene una larga permanencia en el suelo y, arrastrado por los sistemas hídricos, puede ser llevado a muchos kilómetros de distancia de donde originalmente se vertió. En los EEUU se encontró glifosato a 14 kilómetros aguas abajo del cultivo, con una persistencia del 58% (Monroe, 1988).
La alteración de los conjuntos de genes naturales y la impredictibilidad de las consecuencias del uso de transgénicos resulta un problema medio ambiental, hasta en pequeña escala y a corto plazo. No se puede olvidar en ningún momento que los ecosistemas funcionan como un todo, siendo cada una de sus partes y componentes, vivos y no vivos, parte fundamental del equilibrio. La red de un ecositema se debe estudiar con una visión global, nunca de manera reduccionista, ya que las interacciones entre sus componentes son extremadamente complejas y delicadas. En este sentido, especialistas y científicos piden estudios esmerados y precisos de los riesgos que comportan los productos manipulados genéticamente (Timmons et al., 1994).
porque la investigación científica se realiza o bién en sus
propios laboratorios agroquímicos y/o farmacéuticos o bién
en las universidades, pero con capital de las corporaciones. El objetivo final
del desarrollo de la biotecnología es, según ejecutivos de la Monsanto
Corporation, llegar a una agricultura sostenible que ayudará a erradicar
el hambre de los países pobres, solo posible con la biotecnología
y la química (Schneiderman & Carpenter,
1990). Ahora bién, el solo hecho de que sean las corporaciones multinacionales
las que controlan la biotecnología hace sospechar que los intereses económicos
de los países desarrollados regiran el destino de los adelantos genéticos.
La creación de patentes por parte de las multinacionales es la única manera de conseguir rentabilizar los nuevos productos biotecnológicos, garantizandose el monopolio. Las leyes de protección de la propiedad privada permiten la obtención de un alto beneficio económico a aquellos que controlan los productos. Un claro ejemplo lo protagoniza la multinacional Monsanto, que tiene la patente sobre la soja transgénica que es más resistente al herbicida Roundup, también de propiedad de esta compañía. Así, el control de las multinacionales abarca los bancos de semillas, la tecnología, los productos químicos y fitosanitarios. Los pequeños y medianos agricultores no pueden ser propietarios de sus cosechas si están patentadas, y no pueden replantar los cultivos con las semillas del año anterior que ellos mismos obtenían. Además, la Ley sobre Variedades Vegetales solo permite la comercialización de variedades agrícolas patentadas, impidiendo a los agricultores crear sus propias variedades como han hecho durante miles de años (Aguilar, 1997). La conclusión que se extrae de todas estas consideraciones queda bastante lejos de alternativas sostenibles, y amenaza gravemente a la agricultura tradicional.
plantea como una herramienta para aumentar la producción de alimentos,
hay hechos que lo hacen impensable, especialmente debido al control del
corporativismo. Así y todo el problema del hambre es, más
que un problema de cantidad, un problema de falta de equidad en el reparto
de los recursos. Uno de los principales problemas con que se han de enfrentar
los países pobres es el de las patentes. Las patentes limitan en
gran parte el área de comercio del Tercer Mundo, que no podrá
usar variedades ya patentadas sin pagar royalties a las corporaciones
(Kloppenburg et al., 1996). Desde los tiempos
del colonialismo, el Norte ha almacenado la diversidad genética
del Tercer Mundo en bancos de semillas. Las dos terceras partes del germoplasma
de cultivos y el 85% del material microbiano se encuentran ya en los países
del Norte. La ironía llega al límite cuando con las patentes
se concede el estatus de invento a productos y procesos basados en la selección
y el conocimiento desarrolado durante generaciones de campesinos anónimos.
Por ejemplo, la empresa W.R.Grace ha patentado un proceso de producción
de un plaguicida que, durante siglos, se había obtenido del árbol
Neem de la India. La patente hace que este país no pueda obtener
beneficios del plaguicida natural -y original- (Aguilar,
1997).
Los paises pobres son los principales productores de ciertos artículos que se exportan al Norte y estas exportaciones son una de las primeras fuentes de ingresos para las economías del Sur. Por tanto, la creación de productos substitutivos de otros como el cacao, el azucar, la vainilla, las bananas o el aceite de palma representa una grave amenaza para sus economías. GRAIN calcula que hasta una cuarta parte de las exportaciones actuales de productos agrícolas del Tercer Mundo -unos 20.000 millones de dólares- puede ser sustituida por los nuevos productos de las multinaciuonales (Hobbelink, 1989). Aisí pues, la guerra comercial por la biotecnología solo puede ser ganada por los paises más ricos. En la práctica, se demuestra la pobre -o nula- ayuda que representan las corporaciones para los paises pobres.
El último punto de reflexión corresponde al público consumidor. Se debería exigir un canal de información transparente y no sesgado del avance en la ingeniería genética, su significado y, sobretodo, sus consecuencias. Un desarrollo sostenible y justo requiere medidas sociales y económicas, mucho más necesarias que la biotecnología. Centrarse en la tecnología es desviar el esfuerzo y el dinero que se deberían invertir en el campo de la transformación social.
Este articulo fué publicado en la revista Illacrua en Diciembre de 1997
Grain (Genetic
Resources Action International)
Girona, 25, pral. Barcelona
Telf. 3011381
grain@gr.apc.org
Skamot Verd, Noviembre de 1997